Por Celia G. alumno de 2º BAC
Intenté comprenderte, me convertí en una camisa, no en una cualquiera, sino en la tuya, para ver lo que tú sentías. Pero nunca entendí nada. Me gustaría ser invisible por una noche, desaparecer como tú lo hiciste aquella vez, en las fiestas del Pilar, a las doce en punto, simplemente te desvaneciste. Desde entonces, ya no sé quién eres. A lo mejor eres Dolores, y antes te llamabas Manolo. O tal vez nunca fuiste nadie, solo una ilusión en mi cabeza.
Pero ahora todo da igual, porque he muerto. ¿Y ahora qué? Quizás debería haber elegido aquel día del que nunca me contaste nada, la fiesta en casa de Angelina Jolie, como si escapar a otro escenario hiciera que las cosas dolieran menos. Pero contigo siempre fue así: una cárcel disfrazada de libertad. Contigo me siento como una noche en un calabozo (sólo que constantemente), y lo peor es que, en el fondo, me gustaría quedarme atrapada en esas dos primeras horas en las que todavía pensaba que esto era real.
Lo que me has hecho es tan surrealista que bien podrían llamarme de la televisión para contarlo. Al conocerte me volví millonaria en cinco días, el tiempo que me llevó darme cuenta de que tenerlo todo no significa nada si, al final, lo pierdes en un segundo. Recuerdo el brillo en tus ojos cuando te dije que soy profesora, como si en ese momento hubieras encontrado algo interesante en mí. Pero todo se redujo a eso, a un instante. Porque después… después sucedió lo del semáforo.
Desde que llegaste, desapareció mi casa. O, mejor dicho, tú te volviste mi casa. Y ahora que ya no estás, no tengo dónde volver. Es irónico, porque tú eras el amor de mi vida, y ahora ni siquiera sé si alguna vez fuiste real. No voy a necesitar que se me aparezca mi hada madrina para arreglar esto, porque nada puede arreglarse. Cuando te conocí, sentí que la flecha de Cupido me daba en el ojo, pero ahora solo soy un cigarrillo que se apaga, consumido por un fuego que nunca debió encenderse.
A veces te quedas mirándome como si mi abuelo fuera el Hombre Araña, como si todo esto fuera una broma que solo tú entiendes. Pero he decidido que ya no quiero ser el personaje secundario de tu historia. Voy a ser el héroe de mi propio videojuego. Aunque eso signifique despertar un día y ser un hombre, y ya no soy quien era contigo.
Cada vez que te hablo me siento atrapada en la televisión, como si fuera la única que interactúa mientras tú solo observas. Y al final, me tiras como si fuera el papel de plata de tu bocadillo de hoy, sin pensarlo, sin mirar atrás.
