Por Irene R. alumna de 1º BAC
Siempre dije que nunca sería como él.
De niña, veía a mi padre como un hombre serio, siempre cansado, siempre ocupado. Pedía su atención, pero la respuesta era casi siempre la misma, como siempre.
«No tengo tiempo para eso ahora.»
Me prometí que yo sería diferente. Pero los años pasaron, y un día, después de una larga jornada de trabajo, mi hijo se acercó con un juguete en la mano y me miró con gran ilusión.
-¿Jugamos, mamá?
Sin pensar, suspiré y respondí:
-No tengo tiempo para eso ahora.
El silencio que siguió fue como un eco de mi propia infancia. Y en ese instante, lo entendí. Mi padre no era frío, solo estaba cansado. Como yo ahora. Pero aún podía hacer algo distinto. Respiré hondo, sonreí y le dije:
-¿Sabes qué? Sí. Vamos a jugar.
