Mi abuelo no usa capa, pero trepa los árboles como si la gravedad no existiera. A sus ochenta años, todavía sube al techo sin miedo, arreglando tejas con la agilidad de un superhéroe. Cuando era niño, me contaba historias de sus aventuras escalando montañas y edificios en su juventud. Nadie en el barrio entiende cómo sigue tan fuerte, pero yo sé su secreto: dice que el espíritu nunca envejece. Cuando el viento sopla fuerte, lo he visto balancearse entre las ramas como si lanzara telarañas invisibles. Tal vez no tenga un traje rojo y azul, pero para mí, mi abuelo siempre será el verdadero Hombre Araña.
