Por Celia G. alumna de 2º BAC
El lunes por la mañana, recibí la carta: había heredado la fortuna de un excéntrico multimillonario que me era completamente desconocido. Para reclamarla, debía cumplir una extraña condición: resolver una serie de acertijos en cinco días. Con el corazón acelerado, acepté.
El martes, el primer reto me llevó a un antiguo museo. Tras descifrar un anagrama en un mural, encontré una llave dorada. El miércoles, la llave abrió una caja fuerte en una biblioteca oculta, donde un rompecabezas de mil piezas me hizo perder la paciencia.
El jueves, exhausta, pero con decisión, descubrí que cada pista formaba parte de un mapa. Siguiendo las coordenadas, llegué a una isla privada. El viernes, tras resolver el enigma final, con la sucesión de Fibonacci, hallé un cofre. Lo abrí, esperando lingotes de oro, pero solo encontré una nota:
«La verdadera riqueza no está en el dinero, sino en la astucia y la perseverancia. Ahora, ya eres millonaria.»
En la distancia, una cámara grababa todo. Sin saberlo, había participado y protagonizado el reality show más visto del año.
