Por Ian D. alumno de 2º BAC
Al punto de la mañana, alguien me dobla con cuidado alrededor del pan. No fuiste tú, igual por perezoso o porque no sabes envolver un simple bocadillo. Lo que está claro es que sí sabes desenvolverlos, me desgarraste y me desechaste mientras disfrutabas cada bocado. Sin embargo, no todos tienen tu suerte. A pocos metros de ti, en la otra cara de la moneda, un niño observa en silencio, con el estómago vacío y sin ninguno como yo para enrollar su almuerzo.
Cuando me tiras al suelo, una mano ajena me recoge con cuidado, me alisa y me guarda en su bolsillo, como si yo aún tuviera otro propósito. Quizá algún día envolveré su propia comida, pero hoy solo soy un reflejo arrugado de sus manos, un testigo mudo de una triste realidad que pocos quieren ver.
